Humedales, ecosistemas poco protegidos en Colombia

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El Tiempo

En Colombia hay más de 30 millones de hectáreas, cerca del 26 por ciento de la extensión del país.

Morichal, playón, acequia, sabana, estero, manglar, turbera, madrevieja, palmar, charco, laguna, ciénaga, guandal, igapó, caño. En Colombia hay tantos nombres para los humedales como áreas de este ecosistema en el territorio. En total: más de 30 millones de hectáreas, cerca del 26 por ciento de toda la extensión del país. (Ver también: Los males que secaron las planicies del Magdalena)

Desde los humedales de Bogotá, que muchos ciudadanos frecuentan un fin de semana, pasando por las planicies inundables de la depresión momposina, hasta las sabanas del Orinoco o los bosques inundables del Inírida, el país abarca una amplia paleta de 55 tipos de humedales, según la reciente clasificación que publicó el Instituto Humboldt en su libro Colombia Anfibia, país de humedales (vea infografía).

En el imaginario popular pueden confundirse con simples pantanos donde habitan mosquitos y a donde se arrojan sin mayor precaución basuras. Sin embargo, estos valiosos ecosistemas, cuyo día mundial se conmemora el próximo martes 2 de febrero, son conocidos porque la forma de sus tierras les permiten acumular aguas temporal o permanentemente.

En ese vaivén de las aguas se crean cientos de relaciones entre animales, plantas y las culturas humanas que viven de sus tiempos de inundaciones y sequías. Como no son tan fáciles de distinguir como otros ecosistemas, tales como un desierto o un glaciar, los humedales han tendido a ocupar un segundo plano en el imaginario del país.

Sin embargo, hay cuatro elementos que los identifican: el agua; la cubeta o vaso, que permite retener o aflorar el líquido; los sedimentos que conserva; y los organismos que se adaptan a vivir en estas condiciones.

El rasgo más significativo de un humedal es precisamente lo dinámico que puede ser. La investigadora María Pinilla, de la Fundación Humedales, lo describe así: “Los humedales tienen una memoria sobre dónde ha estado el agua en el pasado. Por eso hay que respetar la dinámica. En periodos de lluvias largos, vuelven a llenarse, y ayudan a frenar las crecientes de los ríos y cuando hay una temporada seca, sirven como reservorios de agua”.

La geografía del país ha permitido la proliferación de una variada tipología de estos ecosistemas. Están los marino-costeros que tienen influencia de las olas, las mareas y el agua lluvia y que en el país se conocen como salitrales, esteros y manglares; los interiores reciben sus aguas de los ríos (que en sí mismos son otro tipo de humedal), las precipitaciones y las fuentes subterráneas. Algunos de ellos son las turberas, los pantanos y las lagunas; por último, los humedales artificiales como los embalses.

Las temporadas también definen sus suelos, que al permanecer por ciclos bajo el agua y con exceso de humedad, gestan un ambiente sin oxígeno. “Allí se desarrollan plantas y organismos que consumen rápidamente el oxígeno, promoviendo la solubilización de elementos como el hierro y el magnesio o la acumulación y lenta transformación de la materia orgánica”, según un documento sobre la delimitación de estos ecosistemas que lideró el Humboldt, con recursos del Fondo Adaptación y el Ministerio de Ambiente.

Estas condiciones químicas y físicas hacen de los humedales el hogar ideal para insectos, reptiles y peces. Pero también para grandes mamíferos como los osos de anteojos que viven cerca de los humedales de alta montaña.

A pesar de su enorme biodiversidad, según la Evaluación de Ecosistemas del Milenio (MEA), la degradación y desaparición de humedales es más rápida que la experimentada por otros ecosistemas. Además, solo el 7,2 por ciento de los humedales registrados en el nuevo inventario se encuentran en alguna categoría de protección del sistema de áreas protegidas.

Secarlos para construir encima de ellos o para pasear el ganado, contaminar y extraer sus aguas, sobreexplotar los recursos pesqueros que guardan o introducir especies invasoras está acabando con estos ecosistemas.

Según la organización ambiental The Nature Conservancy, el peligro de continuar degradándolos es perder una de las mejores estrategias para hacerle frente al cambio climático, debido a que amortiguan los impactos causados por inundaciones y sequías, reduciendo la vulnerabilidad de las comunidades que habitan cerca de ellos.

El país ya vivió las consecuencias del daño que le hemos hecho a estos lugares de agua y vida. Con el fenómeno de La Niña del 2011, más de 2,27 personas se vieron afectadas y el país gastó en atender la emergencia por las inundaciones cerca de 11, 2 billones de pesos.

#SOSMagdalena

El desolador panorama del río Magdalena de los dos últimos meses por cuenta de los estragos de la temporada seca, que se intensificó con el fenómeno del Niño, es evidencia de lo vulnerable que es la cuenca más importante del país.

El Tiempo Verde, The Nature Conservancy, Fundación Humedales y Fundación Alma se unen en un llamado de emergencia para que tanto el Gobierno como la sociedad colombiana les hagan frente a las problemáticas ambientales que por décadas han aquejado al río Grande.

Conservar sus planicies inundables, recuperar la calidad de sus aguas y adaptarlo al cambio climático son algunas de las soluciones que pide a gritos el Magdalena.

LAURA BETANCUR ALARCÓN
Redactora de Medioambiente
Escríbanos a laubet@eltiempo.com o @ElTiempoVerde.

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