Por: Natalia Gómez Peña

Investigadora Área de Ciudadanía, Acceso a la Información y Participación Ambiental.

Asociación Ambiente y Sociedad. AAS

Publicada originalmente en Semana Sostenible

Hablar de agua hoy en Colombia es hablar de un futuro incierto y oscuro. Los grandes recursos hídricos que desde siempre han sido orgullo de los colombianos, están actualmente sumidos en una situación muy crítica.

Hace unas semanas el Río Magdalena alcanzó su mínimo histórico en el sector de Barrancabermeja, lo que llevó a Cormagdalena a declarar como imposible la navegación por el Río hasta ese tramo. Todo el país sufre las consecuencias del grave fenómeno del niño y de la precaria política ambiental del país que hace más vulnerables nuestros recursos. Pero quizás el triste retrato de la sequía del río Grande de la Magdalena es la postal perfecta para mostrar el panorama que augura el calentamiento global.

En estas semanas el Gobierno Nacional ha enfocado su mensaje en la importancia del ahorro de agua por parte de los colombianos. Desde tomar duchas cortas, hasta recolectar el agua lluvia, las campañas pedagógicas se han concentrado en que el ciudadano de a pie tome responsabilidad por los recursos hídricos del país y les dé un mejor uso. Un mensaje positivo,  que invita a la reflexión y que, de acuerdo con la Presidencia, ha permitido que en las últimas semanas baje el desperdicio de agua en el país.

Sin embargo, la grave situación plantea un problema mucho más profundo. Pues más allá de lo positivo que resulten la pedagogía y las campañas de concientización (sobre todo en un país donde la gente aún tiene entre sus costumbres el lavado dominical del carro con manguera en la puerta de la casa), las mayores afectaciones a los recursos hídricos del país no las producen los ciudadanos, sino las grandes industrias, especialmente de extracción de recursos naturales.

Mientras el gobierno nacional pide a los ciudadanos que eviten el uso de mangueras o que se cepillen los dientes utilizando un vaso con agua, la Agencia Nacional de Hidrocarburos firma contratos de Fracking para la implementación de este método en el país. Una técnica que según expertos exige entre 9.000 y 29.000 metros cúbicos de agua para la explotación de cada pozo de petróleo y que además plantea un serio riesgo para la contaminación de los recursos acuíferos subterráneos. Mientras que el Río Cauca desaparece a causa de la sequía y los pescadores que viven de él pierden su forma tradicional de subsistencia, el año 2015 pasó sin que el gobierno nacional terminara el proceso de delimitación de los páramos, ecosistemas únicos en el mundo, altamente amenazados por la minería y la agricultura, y responsables de gran parte de la producción del agua que abastece a Colombia.

El fenómeno del niño ha dejado ver la alta vulnerabilidad de nuestro país frente al cambio climático y la incoherencia de la política ambiental colombiana que favorece los grandes intereses del extractivismo por encima de nuestra agua. El agua que tanta falta hace a los indígenas de la Guajira, y que próximamente será destinada por ejemplo, al fracking  que la empresa Conoco Phillips ya está empezando a implementar en Cesar y Santander.

Cuando hablo de agua siempre recuerdo la película española Y También la Lluvia, en la que se retrata la lucha de las comunidades indígenas de Cochabamba contra la decisión de privatizar el agua en su región. “El agua es la vida“ dice Daniel, el joven indígena protagonista de la película en una de las escenas más memorables.  Este mensaje, aunque simple parece que en Colombia se ha ido olvidando.

El país debería hablar de agua, pero no solo para enseñar nuevas formas de ahorro en las casas sino para ver las graves causas que subyacen la histórica sequía. Hablemos de agua para evaluar la política ambiental. Hablemos de agua para delimitar los páramos. Hablemos de agua para proteger los humedales, hablemos de agua para preservarla , hablemos de agua para salvarla.

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